Los Viveros de Coyoacán representan mucho más que un parque público; son un monumental pulmón verde de 39 hectáreas que dota de oxígeno y esparcimiento a miles de capitalinos diariamente. Fundado a principios del siglo XX por el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo, conocido como el «Apóstol del Árbol», este recinto es un santuario de biodiversidad. Sin embargo, entre la majestuosidad de sus encinos, pinos y eucaliptos, germina una leyenda urbana que pocos se atreven a contar en voz alta.

La dinámica del parque cambia radicalmente conforme avanza el día. Desde las seis de la mañana, los senderos de tezontle se llenan de la energía de deportistas, familias y practicantes de yoga. Es un lugar muy chido para ejercitarse. Pero cuando el reloj marca las seis de la tarde, los guardabosques inician el recorrido para desalojar las instalaciones. Es en ese umbral, cuando el sol comienza a ocultarse y las sombras de los árboles se alargan, que el ambiente de Los Viveros se transforma.

La historia central que circula entre los trabajadores más antiguos y los corredores vespertinos habla de la aparición de un niño pequeño, de no más de siete años, vestido con ropas que parecen sacadas de principios de 1900. La leyenda cuenta que el menor suele aparecer sentado en las raíces de los árboles más antiguos o caminando desorientado cerca del acceso principal de Avenida Universidad y Progreso.

Lo verdaderamente escalofriante de los relatos son las interacciones. Existen testimonios de corredores rezagados que se han detenido para auxiliar al niño, pensando que se ha extraviado de sus padres. Según narran, el niño pide un poco de agua o pregunta por la salida; al momento en que el adulto voltea la mirada o se distrae un segundo para señalar el camino, el pequeño desaparece sin dejar rastro, fundiéndose con la maleza del bosque.

Para entender el origen de este mito, hay que revisar la historia de los terrenos. Antes de ser donados por Miguel Ángel de Quevedo al gobierno federal en 1907, esta zona formaba parte del rancho Panzacola y de extensiones de tierra con asentamientos que datan de la época prehispánica y colonial. La carga histórica del subsuelo es inmensa, y algunos vecinos creen que el bosque actúa como un receptor de las energías del Coyoacán antiguo.

Curiosamente, lejos de generar pánico, el fantasma del niño de Los Viveros es tratado con mucho respeto. Los guardabosques lo consideran una especie de guardián inofensivo del parque. La densidad del bosque, que en ciertas zonas bloquea por completo la luz de las lámparas de la calle, propicia que la mente humana busque explicaciones a los ruidos de la fauna nocturna y al crujir de las ramas, alimentando así el mito.

Los Viveros de Coyoacán siguen siendo el refugio favorito de los vecinos del barrio, un oasis de tranquilidad en medio del caos vehicular. Esta leyenda no merma su popularidad, sino que añade un misticismo fascinante a sus senderos, demostrando que en Coyoacán, hasta la naturaleza guarda secretos que solo se revelan a la luz de la luna.

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